
Hoy intentaré deleitaros no con fotos increíbles o vídeos de olones que te cortan el aliento, sinó con un relato acerca del apetito felino que todos sentimos cuando llevamos algunas horas dentro del agua haciendo la boya humana o en el mejor de los casos, pillando los tubazos de nuestra vida.
Resulta que este sábado pasado me dirigí a la playa tras despojarme de las sábanas y la manta que me tenían atrapado en mi cama, no sin antes mirar las web cams y las boyas que indicaban un mínimo oleaje. Desayuné fuerte: un yogur de esos que llevan los cereales en un cubículo minúsculo para que los eches en la leche fermentada y puedas disfrutar de un nutritivo placer, y una rebanada de pan de pagès huntada en tomate, un poco de aceite de oliva y unas lonchas de jamón de york para rematar.
Al llegar a la costa observé que casi no había mar ("¡maaaaaaaaaaal!" pensé en mis adentros, "otra vez haciendo el pringao viniendo a la playa y gastando gasofa que no va regalada precisamente"). Hice la ruta por las playas de siempre y cual fue mi sorpresa al ver que en una de ellas habían unas mini ondulaciones que rompían en forma de ola y que algunos intrépidos e incansables surfistas intentaban surfear.
Hacía sol y la temperatura era casi primaveral, es el llamado "Estiuet de Sant Martí", o sea que me apresuré en ponerme el traje y pal agua. El bañito transcurrió entre la muchachada que allí se agolpaba (¡cómo suben los chavales!), unas olas pequeñitas pero juguetonas, derechas, izquierdas, espumas varias y alguna que otra saltada memorable.
La cuestión es que iban pasando las horas y mi voracidad aumentaba de forma exponencial, poco a poco los pensamientos que circulaban por mi cabeza se iban transformando en suculentos platos (chuletón con patatas, pizza cuatro quesos, lubina al horno, salmón a la plancha, lomo rebozado o san jacobos caseros, croquetas...). Pero la vianda que reinaba por encima de todas esas delicias imaginarias era el menú completo de la hamburguesería de turno, en este caso de la afamada Burger King (o "burriquín" para los más castizos). Yo sabía que de camino a casa había un establecimiento de esta cadena de comida rápida y no me pude resisitir, confieso que pequé. Después del baño me dirigí raudo y veloz hacia la susodicha factoría de hamburguesas y me pedí el menú Tender Crisp, consistente en un delicioso sandwich de pollo empanado, patatas y refresco.
Era tal mi deseo de engullir proteínas que poco me importaron mis principios y mis ideales (siempre he estado en contra de ese tipo de restaurantes), en ese momento solo pensaba en saciar mi hambre de comida basura. Me comí mis palabras y aquel montón de grasas, hidratos de carbono y demás, y qué agusto me quedé.
Amén :)
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